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Wednesday, June 29, 2011

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Juan Pablo II nos llama a profesar la fe siguiendo el ejemplo del martirologio de San Pedro y San Pablo


Proclamaron el Evangelio sin concesiones ni titubeos y lo vivieron con la misma pasión de Jesús



“A sabiendas de mi fragilidad humana, Jesús me anima a responder con confianza como Pedro: “Señor, tú sabes todo, tú sabes que te amo. Y me invita a asumir la responsabilidad que El mismo me ha confiado” Beato Juan Pablo II.



A lo largo de 2 milenios, 265 hombres han sido nombrados como los encargados de transmitir las enseñanzas de Cristo.



Para los cristianos, el 29 de junio es la fiesta de San Pedro y San Pablo, el primer Papa y el gran Apóstol de los Gentiles. Según la tradición, ambos fueron ejecutados alrededor del año 67, por orden de Nerón. Pedro fue crucificado cabeza abajo según su deseo, por considerarse indigno morir como su maestro. Pablo fue conducido a Ostia, y allí fue decapitado.

San Pedro y San Pablo son “amigos de Dios” de modo singular, porque bebieron el cáliz del Señor. A ambos Jesús les cambió el nombre en el momento en que los llamó a su servicio: a Simón le dio el de Cefas, es decir, “piedra”, de donde deriva Pedro; a Saulo, el nombre de Pablo, que significa “pequeño”.



El ministerio del Papa se concreta en último término en ser el vínculo que estructura en la unidad de la Iglesia universal a las diversas Iglesias particulares.



El principio de unidad expuesto por Pablo en la carta a los Gálatas y según el cual ha desaparecido la pluralidad de judíos o griegos, de siervos o libres, de varones o hembras, porque todos han sido asumidos en la unidad de Cristo, es una imagen perfecta del ministerio del sucesor de Pedro, ya que desde cualquier parte del mundo, se pertenezca a la raza que se pertenezca, se viva en el ambiente político o sociológico que se quiera, se saben unidos en Cristo por el ministerio del Papa.



La Iglesia está constituida en unidad interna porque una es la fe en la que se cree, una la vida sacramental que la anima, y uno el Señor que la fundamenta y al que adora. Y toda esta realidad sobrenatural la posee y la vive motivada por la acción del Espíritu Santo, que en Pentecostés la congregó, y continúa congregándola hoy, como la congregará a lo largo de la historia hasta el final de los siglos.



Esta solemnidad es una cordial invitación para renovar nuestra adhesión incondicional al vicario de Cristo sobre la tierra, al Papa Benedicto XVI. Nuestro amor por el santo Padre debe ser un amor práctico y realista.



Un amor que se traduzca en obras y que se puede manifestar en la lectura asidua de su magisterio y en la conformación de nuestra mente y de nuestra vida con sus directrices. Se trata de seguir no sólo sus órdenes, sino de escuchar y llevar adelante también sus enseñanzas, las que ha recibido Benedicto de Dios y de sus predecesores.



El Beato Juan Pablo II, me trae al recuerdo inolvidable y motivantes recuerdos, que desde la derecha de Dios nos mira y protege. A los 33 años de la elección de Juan Pablo II la Iglesia sólo puede manifestar agradecimiento al Espíritu Santo por su elección y al Papa ya en la verdad de Dios, por su fidelidad a ser para nosotros la «piedra» de Pedro.




Dios nos lo había preparado desde su juventud, como se preparan los duros metales, en el crisol de una historia de fe y de sufrimiento que no cesó al llegar a la silla de Pedro.



Sufrió la persecución, la clandestinidad de una iglesia de mártires que ha confesado la fe sin miedo a perder la vida, y el enfrentamiento martirial ante los poderes de este mundo que hizo de él un sacerdote, obispo y cardenal servidor de la verdad evangélica. Como el justo, maduró en el sufrimiento y floreció en la verdad.



Juan Pablo II no escamoteó ninguno de los sufrimientos que vienen de la fe: la confesó y proclamó con valentía; la sirvió sin concesiones ni titubeos; la vivió con la pasión de quien, como Pedro, sabe que sólo Cristo tiene palabras de vida eterna.



Con su permanente y oportuno magisterio sobre todas las cuestiones que afectan al hombre, Juan Pablo II nos colocó siempre en el umbral de la eternidad, de la Vida divina, donde el hombre puede respirar el mismo aliento que Dios le insufló al ser creado.



Siempre peregrino, supo hacer del Papado un servicio a la catolicidad de la Iglesia, ha llevado a todos los hombres la única verdad que conduce a la Vida eterna. Sólo los ciegos pueden tildarle de inmovilista.



La humanidad de este Papa entrañable y compasivo, su firmeza para denunciar el pecado y acoger al pecador, su capacidad para solidarizarse con los problemas del hombre y del mundo, sus sufrimientos, acogidos como parte de la sede en que ejerció su supremo magisterio -al modo y estilo de la cruz- hicieron de él un testigo insuperable de lo humano y del dolor por los hombres –sólo había que mirarlo para ver su sabio dolor de silencio.



En esta fragilidad y debilidad permanece la piedra de Pedro. Y, desde la cruz, nos engendra cada día a la única certeza que necesitamos para salvarnos: creer en Aquél que ha dado la vida por nosotros, que nos ha rescatado del pecado y de la muerte, y que nos ha dejado, en su Iglesia, el icono de su propia entrega.



De sus enseñanzas acaso quepa destacar la defensa indeclinable de la dignidad humana y de la vida y el fomento del diálogo interreligioso. Y fue muy audaz a la hora de rehabilitar a figuras históricas condenadas por la Iglesia y al pedir perdón por los errores pasados de una institución, que, pese a su vocación sobrenatural, está formada por hombres falibles.

Como en toda obra humana, existen limitaciones y errores que, en ningún caso, en su pontificado no los hubo, y es que estuvo siempre acompañado del Padre y ya pertenece a la más fecunda historia de la Iglesia.



Hoy, 33 años después de aquel primer saludo desde el balcón del Vaticano, Juan Pablo II ya en las manos divinas de Dios, persevera en la que acaso sea su mayor enseñanza moral: recordar con el sacrificio y el ejemplo la exigencia inexcusable del cumplimiento del deber y saben por qué, porque “El fue un Regalo de Dios, que confirma mi Fe”.

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