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Friday, August 05, 2011


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FIESTA DE LA SANTÍSIMA CRUZ DE MOTUPE
CARDENAL PERDONA A QUIENES LA ROBARON






Tras presidir la misa oficiada por el Día Central de la festividad de la Cruz de Motupe, el cardenal Juan Luis Cipriani expresó su perdón a los tres sujetos implicados en el robo del sagrado madero, quienes se encuentran recluidos en el penal de Picsi, región Lambayeque.
"Yo sí los perdono, robar nos convierte en impíos y daña nuestros corazones sobre todo cuando se trata de la fe de un pueblo, pero dejaremos que la justicia aplique las sanciones que considere necesarias", manifestó.
Cipriani Thorne recordó que el robo de la Cruz de Motupe conmocionó a toda la Iglesia Católica, incluido el Papa Benedicto XVI.
En medio de cánticos y aplausos de miles de fieles, participó del reconocimiento a César Maguiña Gómez, Leoncio Sari Vargas y Segundo Quispe Manayay, los tres restauradores que laboraron intensamente durante 23 días para devolver la cruz a los feligreses.
Cipriani estuvo acompañado del obispo de la Diócesis de Chiclayo, monseñor Jesús Moliné Labarta; el obispo de Tacna, Marco Cortes Lara; el obispo de Ica, Héctor Vera Colona; y treinta sacerdotes más de diversas parroquias de la región que llegaron para la celebración eucarística.
Al final, la Cruz de Motupe fue subida al estrado para ser observada por los miles de devotos, quienes recibieron la bendición en medio de lágrimas de emoción.


LA HISTORIA
Al igual que el Padre Franciscano "Fray Guatemala", Fray Juán Abad, tuvo la gran maestria y arte del más fino ebanista, y en sus prolongados retiros de este mundanal ruido, se dedicó a tallar preciosamente, de la madera de Guayacán (árbol que crece en la zona), según manifesto de las personas de extrema confianza de él, tres cruces, habiendo dejado una en el cerro Chalpón; otra en el cerro Rajado y la última en el de Penachí, recomendando que a su muerte las buscaran hasta encontrarlas y las hicieran objeto de veneración declarandolas protectora del lugar.


Trascurría apaciblemente el año del Señor de 1860 cuando de la noche a la mañana, hizo su aparición en el pueblo de Motupe un Ermitaño, como habitante del enmarañado conjunto de peñas, algunas muy altas y elevadas que constituyen el coloso centinela del despoblado norte del departamento de Lamnbayeque, bautizado con el nombre del “Cerro Chalpón” a inmediaciones de la progresista villa, (hoy ciudad) anteriormente citada.
En la soledad de estos breñales y en la quietud sólo interrumpida por el ulular de algún animal salvaje o el raro silbido de los pájaros silvestres permaneció el ermitaño, rindiendo culto a la naturaleza, entregado a sus prácticas religiosas y austera penitencia, como cuando en cansadas y largas caminatas, visitaba los pueblos de Motupe y Olmos, poblados mas próximos a su solitaria y escondida “posada”, en el pueblo se le veía rara vez caminando por las calles polvorientas, siempre apresurado y solitario, ingnorándose donde y como vivía y cuales eran sus diarias ocupaciones..



Contando con el silencio de las horas y sin preocuparse del mundo y sus maldades, con la ayuda incapaz de su rudimentaria herramienta, el ermitaño talló con sus habilísimas manos, manos divinas, toscas pero maestras, una cruz de madera, con el palo incorruptible a la acción del tiempo y las edades, del árbol comúnmente conocido como “Guayacán” considerando el tamaño de la cruz, proporcionalmente grande, es de imaginar al piadoso e improvisado artífice solitario, imaginarse la manera de confeccionarla sin las herramientas propias de oficio.



El Ermitaño terminó la cruz y la colocó en el interior de la cueva , donde él vivía en penitencia y oración. Transcurrian las horas, los días, las semanas, los meses, ante ella, oración por oración; rezo por rezo en forma interminable, santificaba su alma, con el humano afán de alcanzar la paz eterna junto a Jesús.


No contento con estas prácticas religiosas, viajaba continuamente a pie a través de un enmarañado camino que solo el conocía, para llegar a Motupe y otras, esporádicamente a Olmos, para rezar el Santo Rosario con los habitantes de aquellos lugares y para proveerse de víveres, repartir limosnas, ayudar a los indigentes, dar sanos y morales consejos, consolar a los afligidos y hasta curar enfermos y desaparecería como por encanto, cuando menos se lo esperaba.


La veneración y respeto a que se hizo acreedor fue tal que nadie dudaba que era un santo y al efecto, todos los habitantes de Motupe lo conocían o conociéronlo por el “Padre Santo”, debido a que la mayoría de ellos, casi en su totalidad, ignoraban su real y verdadero nombre, este que hasta hoy confunden, propios y extraños al lugar con el de José Ramón Rojas, religioso franciscano, muy conocido y recordado como “El Padre Guatemala”.


El laborioso y andariego ermitaño, de cerro en cerro y de monte en monte, apareció alguna vez en la sierra de Penachí, lugar que aunque distante, pertenece a la jurisdicción de Salas, en el cerro Yanahuanca se dedicó tambien a trabajar otra cruz, con el mismo palo de Guayacán, la que según noticias colocó en una cueva aun más escabrosa e inaccesible, la misma que también es venerada con mucha devoción por muchos hermanos cristianos.



Existe una historia oral que se transmite de generación en generación de que en el cerro Rajado también hay una cruz, pero que se encuentra en el centro de una laguna.Narran las crónicas de Motupe que el ermitaño Juán Abad en más de una ocasión y sin que lo buscaran solía llegar al duelo (velatorio), casi siempre cuando el peso de la noche se hacía más sensible, dejando consuelo a la familia, rezaba unas oraciones y luego desaparecía como había venido.


Casi al final de su existencia llegó a tener amistad con el entonces octogenario motupano Francisco Martinez a quien conto por menores de su existencia dedicada a prácticas religiosas y austera penitencia para alcanzar la gracia divina.Después de seis años el ermitaño dio cuenta a varias personas que en el cerro Chalpón había tallado una cruz que la dejaba en una gruta, mucho recomendó que cuando se ausentara, la buscaran y fuera objeto de gran devoción, pues la Cruz es la protectora de Motupe.



Algunos años después se supo que el ermitaño Juán Abad al internarse en las sierras norteñas, fue víctima de la Uta de la serranía, no habiendo podido curar del mal. Muy grave y gracias a personas piadosas de esos lugares se trasladó a Lima donde entregó su alma a Dios el 13 de Octubre de 1866.



HALLAZGO DEL SAGRADO MADERO



"Cruz de Motupe"Ya desfallecían y abandonaban la entonces infructuosa tarea cuando don José Mercedes Anteparra de 22 años de edad tuvo la dicha y felicidad de encontrar a la Santísima Cruz del cerro Chalpón.


Anteparra relataba que él tenia mucha esperanza al tratar de buscar la Cruz en el cerro de Chalpón, pero que habiendo empleado 3 o 4 días, desde las seis de la mañana a las seis de la tarde, cansado de caminar por las peñas, las ropas destrozadas por los espinos, cardos y gigantones que crecen exuberantes por estos lugares y las manos estropeadas por el continuo trepar entre las filudas piedras, que resolvió descansar.



Eran, decía, más o menos las 5 de la tarde de aquel feliz día, cuando resuelto a regresar a su hogar y tratando de descender se disponía a abandonar por ese día la búsqueda, cuando al detener su cansada mirada hacia lo alto del cerro, inaccesible por su situación perpendicular, ingentemente liza o inclemente, alcanzó a ver, entre las peñas más altas, una pequeña estaca o cerco de palos, como si la hubieran construido adrede.



Ante esta visión sintiéndose emocionado, su corazón latió de alegría inusitada y a pesar de lo avanzado de la hora, ya que de continuar allí le obligaría a llegar de noche al poblado, encamino sus pasos al lugar, buscando por donde subir, sin encontrar de primera intención un encaminamiento a propósito, dada la desnudez de las rocas próximas, perpendiculares y lisas.



Con ansiedad creciente, subyugado, casi fascinado, trepaba con la mirada fija en la empalizada, que por momentos aparecía y desaparecía, con peligro inminente de despeñarse; él lo llamaba milagro de su fe, pues ya imaginaba el hueco en la roca, aunque lo ocultaban los palos superpuestos.


Al fin pudo apoderarse de algunos bejucos, que cual enredadera crecen espontáneamente entre los intersticios de las peñas y sirviéndose de ellos, tras esfuerzos desesperados empezó a subir, ayudándose con la más insignificantes salientes y rugosidades que las rocas presentan hasta conseguir su objetivo.


Los cansados ojos del anciano se iluminaban al recuerdo, cuando contaba como llego por primera vez a la Cueva Santa y encontró a la Cruz colocada, tal y conforme la dejara el Padre Juan. “Este fue el instante más feliz de mi vida“ decía, “me quedé extasiado contemplando el Madero divino: los músculos de todo mi cuerpo dejaron de obedecerme; mis ojos salían de sus orbitas; en mi garganta sentía un nudo que me impedía gritar de alegría… y lloré, largo rato, hasta que sintiéndome resbalar, dada la posición incómoda en que me encontraba me hizo volver a la realidad y al dominio de mis facultades…”




“Avancé cuidadosamente, como deseando no despertar el sueño del ser extraño y misterioso que habitaba, sin su presencia en el recinto, y postrándome de rodillas recé la oración que acudió a mi mente, de primera intención, credo inspirado solo por mi cerebro, en estos momentos ardiendo como un volcán…”


“Sentía algo sobrenatural que no atinaba a comprender, hasta que al fin, pude rendir veneración a la imagen; de buena gana hubiera gritado de felicidad; pero sólo como estaba, en el paraje, nadie me hubiera oído, no cabe duda que la locura hizo presa de mi en ese instante..."



"Ya más sereno y seguro de mi situación, en la imposibilidad de poder bajar solo la cruz, por lo abrupto y difícil que se presentaba el peñasco, opté por reconocer bien el lugar, grabándolo en mi memoria para no olvidarlo; inicié el descenso, no sin antes ir dejando señales con ramas y palos que a mi paso encontraba, haciendo lo mismo abajo, con piedras, para que me indicaran el camino, con toda seguridad”


“Era entrada la noche cuando llegué al pueblo, mi semblante y todo mi ser rebosaba felicidad, después de la merienda, celoso de mi secreto, me retiré a descansar, dormir, me sentía poseído por la inmensa alegría y mayor ansiedad. Muy de madrugada llamé a la puerta de dos amigos a quienes conté lo ocurrido, pidiéndoles que me acompañaran a bajar la Cruz; éstos no fueron capaces de guardar el secreto y antes de salir en mi compañía lo comunicaron a sus familiares, los que una vez enterados, dieron la noticia en el pueblo, pues cuando menos lo pensé era ya un gentío inmenso el que tras de nosotros seguía nuestros pasos entusiasmados por la nueva”“Al pasar por Salitral, que por entonces solo contaba con tres pequeñas chocitas de pastores, estos también siguieron nuestro camino”.



“Así fue pues como cuando nosotros bajábamos con todo cuidado y respetuosa unción, en nuestros brazos a la Santísima Cruz por primera vez, encontramos a una inmensa multitud de gentes que nos esperaban en lo que ahora es el Guayaquil, el Zapote, Salitral y más tarde en la entrada del pueblo; Cuando nos divisaron con la Cruz a cuestas, la gente lloraba de alegría”“A Motupe entramos en procesión dirigiéndonos a la iglesia en donde se hizo la primera Misa con gran júbilo de los pobladores por tal feliz hallazgo que es hoy la felicidad del pueblo.”

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